
España aplaude hoy al que mañana acompaña al cadalso, y solo con treinta años en la tumba o con la demencia senil hundiendo la propia cordura, se gira sobre la figura del que antes maldijo para recordar su contribución, sus logros y méritos. Así le sucedió a Adolfo Suarez, quien sufrió una de las persecuciones políticas más deshonrosas de nuestra historia, y eso aquí es ya decir mucho. Igual deshonor acompañó la vida de quienes hoy ilustran los altares de nuestra literatura, desde un Lope que vivió pobre y murió con séquito a Quevedo, que corrió de la Torre de Juan Abad a las portadas de los libros de literatura. Así se las gasta España, así ensucia hoy el nombre que más lustre ha de darle en el siguiente siglo, y sin duda cierta lógica hay en todo ello. Los grandes españoles lo son mucho, pero cada español de a pié no se resigna al mundano barro, y mira cara a caro a los elegidos por la fortuna, así solo con la perspectiva de los años y el juicio de la historia se descubre la magnitud de las obras, de los logros o de la talla de quienes hicieron grandes cosas por nuestra nación.
Hoy le ha tocado al Rey, Don Juan Carlos padece en estos días la fiebre mediática por su cumpleaños, las televisiones buscan aprovechar cualquier impulso sobre su nombre, ya sea con el palmoteo falso de la tele pública, o con el chapoteo cenagoso de la salsa rosa del prime-time.
Sin embargo su figura, la del Jefe del Estado, está muy lejos de poder estudiarse en el brillo del papel couché o en las tertulias de la televisión. El debate Monarquía Parlamentaria o República es ficticio y se ciñe solo a figuras de aliento rancio y carcomido intelectualismo, que sienten que sin colgar el penacho tricolor a su cuaderno, pierde altivez o frescura su verbo. ¿Acaso cuantas veces no hemos oído aquello de intelectual republicano y ateo? Sin duda hay quienes ven eso como un nombre con apellidos inseparables, el RH propio del intelectual español, del que erguido sobre el mundano populacho le dicta iluminado por la razón o las hogueras, cual es su destino, pero siempre con la distancia necesaria para no llenarse de cieno las botas.
El Rey Don Juan Carlos representa sin duda como ningún otro monarca, el papel de garante del sistema parlamentario, del sistema democrático y de la Constitución, y para ello se vale de las más importantes herramientas, su total y absoluta independencia política, y la representatividad de todos. La coronación del monarca se produce realmente en 1978, cuando la Constitución es refrendada democráticamente por todos los españoles, dándose así el respaldo necesario a un sistema que nos ha proporcionado el momento de más desarrollo y estabilidad de toda nuestra historia.
Frente a esto, los paladines de la razón con guantes, los intelectuales de alfombra y escritorio, se recuestan en las sillas de los cafés, se acodan en los bares o escriben en foros de Internet, para indignarse ante un sistema tan poco ajustado a la lógica de la “razón”. Ante la menor crítica a su planteamiento, se lanzan furibundos cual jacobinos y empuñando la democracia, como si arma propia fuera, aporrean a quien defienda la figura de Don Juan Carlos.
La ideología republicana en España ha aglutina en torno a sí a intelectuales que encontraban en la materialización de sus ideas un insalvable obstáculo en la monarquía. Una figura y una institución consagrada únicamente a estimular la cohesión de todos, y velar por la moderación de planteamientos, buscando siempre lo más próximo a todos, como ha sido la Casa Real con Don Juan Carlos al frente, supone un grave obstáculo para las posturas radicales y deconstructivistas de los republicanos de hoy.
Por el contrario, el republicanismo de todo color y forma mantiene un carácter común, un espíritu iluminador que homogeniza sus planteamientos en gran medida. Este se basa en la convicción de contar con la solución que siempre le ha faltado a España, el antídoto contra “la enfermedad que nos ha alejado siempre de Europa y del progreso”. Esa voluntad de construcción social necesita de la previa demolición de todo lo existente antes, ya sean las paredes de un palacio o los campanarios de catedrales. Cuanto se interponga al proyecto de la razón, de la luz, ha de ser arrasado y sustituido por algo nuevo… por ellos.
Sobre los republicanos durante la restauración francesa, Alexis de Tocqueville diferencia a los que buscaban eliminar la monarquía como medio de alcanzar un sistema que se acerque a la libertad y la igualdad de los ciudadanos, y aquellos otros que se conformarían con las reformas indispensables en el sistema para eliminar la monarquía para colocarse ellos. Teniendo en cuenta que hoy gozamos de democracia, de un sistema de libertades y un Estado de Derecho de los que el Rey es garante… ¿deponer al monarca tiene alguna función más allá de sustituirlo por una élite política nueva?, incluso cabría preguntarse si de veras tiene algún fin más que justifique la eliminación de esa garantía… ¿cuál es ese proyecto? Quizá el republicanismo defendido por Zapatero, por el PSOE de hoy, por la Izquierda Radical y por otros elementos aislados, busque esa construcción social, busque la “Educación para la Ciudadanía”, busquen cambiar tan radicalmente la sociedad, que la figura atemperada y en pro de la concordia del Rey, sea un obstáculo en esta nueva Revolución.
Yo personalmente entre el “We the people…” de Washington y el Lincoln Memorial, o la guillotina de los jacobinos, creo que los republicanos españoles andan más cerca de los pirineos.
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